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Cuando Maya vio a su abuela postrada entre máquinas y cables, sintió como si una piedra enorme le aplastara el pecho. Le costaba respirar. Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro sin poder detenerlas.
Parecía que todos los aparatos conectados al cuerpo de su abuela eran lo único que la mantenía con vida. Nunca imaginó verla en una situación así. Sintió que si alguno de esos dispositivos se apagaba, la anciana se iría para siempre.
Recordó de pronto la llamada que su abuela le hizo cuando