Chiara Bellini
El motor del coche negro se silenció apenas nos detuvimos en el patio interior de la mansión Caravelli. Tom bajó rápidamente para abrir mi puerta, pero apenas registré el gesto.
Mi mente seguía atrapada en el cristal de mi despacho, en el sonido estático de aquella llamada anónima.
Te encadenaste a un hombre muerto.
La frase golpeaba mis sienes con la fuerza de una prensa hidráulica.
Subí los escalones de mármol de la entrada en silencio, evitando las miradas de los guardias. Cru