Elizabeth:
No puedo creer que mi esposo, Ricardo, esté frente a mí. Huí de él y el miserable me ha seguido.
—¿Qué haces acá? —le pregunto en cuanto me recupero de mi sorpresa.
—No es obvio, mi amor. ¿Me extrañaste, chiquita? —me responde con esa sonrisa arrogante que tanto odio.
—Deja tu juego —le digo, tratando de mantener la calma.
—No es obvio, Ellie. Vine por lo que es mío —responde, acercándose más.
Me tomó por sorpresa cuando unió sus labios a los míos, besándome efusivamente. Subió