Santiago llegó derrapando frente a la mansión de Gala, su corazón latiendo con una mezcla de rabia y miedo. Los escoltas, al verlo aproximarse con pasos decididos, rápidamente bloquearon la entrada.
—¡Déjenme pasar! —rugió, su voz resonando en la tranquila calle—. ¡Necesito hablar con Gala ahora mismo!
Los guardias permanecieron firmes, uno de ellos levantando una mano con calma.
—Señor, váyase antes de que llamemos a la policía —advirtió, pero Santiago no se inmutó.
—¡No me importa! ¡Gala! —gr