Estaba agotada de idear formas de escapar de esta cárcel dorada. Esta casa, que alguna vez consideré un refugio, ahora me asfixiaba. Estaba repleta de sombras vigilantes, personas que, aunque tal vez respetaban o temían al Halcón, no moverían un dedo para ayudarme.
—Vamos a la piscina, el día está hermoso —le dije a Chris, tratando de mantener la normalidad en medio del caos.
Pero Chris, mi pequeño, mi niño que solía adorar el agua, me sorprendió con su respuesta.
—No sé nadar.
¿Cómo había ol