Después de ayudar a Chris a ducharse, lo envolví en su pijama favorito y lo acosté en su cama. Al arroparlo, me detuve a observar su habitación, que no era muy diferente a la de Santi. Estaba llena de peluches, juguetes, y decoraciones de dibujos animados. Sin embargo, noté una diferencia: en esta habitación no había cuentos.
Chris se acurrucó en su cama, abrazando con fuerza un peluche de un superhéroe. Me acerqué y, con una sonrisa, le pedí suavemente:
—Hazme espacio —le pedí, esperando que m