Alexis quiere matarme.
Ya lo sé.
No me cabe la menor duda de que desea que muera de la forma más humillante posible.
Cada mañana cumplo la misma rutina, me despierto, desayuno y bajo dos horas a aprender a conducir con Igor, luego almuerzo y Oleksander me golpea la cara por otras tres horas.
—Vamos, brazos arriba. Eso es, mueve los pies. Cubre el flanco derecho.
Me grita el ruso, buscando mis puntos débiles y golpeándome. Una de sus rodillas conecta con mi abdomen y me manda al suelo, ciega del