Regresar a casa, para Oleksander Ivanov era un infierno. Anya siempre lo recibía igual, a la hora que llegara , sin falta, con una retahíla de gritos y acusaciones, mostrándole fotografías de su última amante, protestando y reclamando como toda una harpía.
Sin embargo, desde hacía cosa de tres meses, las bienvenidas amargas habían desaparecido, las miradas agrias desde el otro lado la mesa estaban marcadamente ausentes y la bruja de su esposa se veía notablemente más animada.
Sí, incluso había