En el edificio más alto de la capital, el joven apuesto y elegante Antón entró con una ancha sonrisa, saludando a todo el que pasaba por su lado. Tras impresionar con su belleza varonil, ahora impresionaba con la grata educación que no acostumbraba a mostrar.
Se sentó en su escritorio recordando todo lo que había vivido en solo dos días. Deseaba tomar el celular y llamarle a su amada; apenas había pasado una hora desde que la dejó en casa y ya la extrañaba.
—¿Bro, puedo?
—Adelanté.
—Te perdiste