La ciudad despertó desconfiada.
No vibrante, no explosiva, sino alerta.
Amanda lo sintió en cuanto salió del ático a la mañana siguiente. El aire mismo parecía más tenso, como si Nueva York contuviera la respiración, esperando ver quién tropezaría primero después del cambio sísmico del día anterior.
Había salido a la luz pública sin elegir a ninguno de los hermanos.
Eso, por sí solo, había reescrito las reglas.
Su teléfono ya vibraba con mensajes que no había abierto —bufetes de abogados, grupo