Amanda llegó al restaurante cinco minutos antes de la hora.
Era un lugar exclusivo en Midtown: paredes de cristal, jazz suave, madera pulida y ese tipo de privacidad discreta que preferían quienes mantenían conversaciones peligrosas durante comidas costosas. Eligió una mesa al fondo, donde los espejos reflejaban la sala sin hacerla demasiado visible.
Le había dicho a Luca que iba a reunirse con una estilista.
Fue la primera mentira que le dijo que se sintió completamente intencional.
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