La habitación del hospital estaba silenciosa como sólo los hospitales pueden estarlo: demasiado limpia, demasiado silenciosa, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.
Damian yacía en la cama, los monitores pitaban suavemente a su lado. Tenía el rostro pálido, los labios secos y el pecho subiendo y bajando de manera desigual. El traje blanco que tenía había desaparecido, reemplazado por una fina bata de hospital que lo hacía parecer… más pequeño. Humana.
Aria se sentó en la silla al lado de la cama, con los brazos cruzados fuertemente sobre su pecho.
Se había dicho a sí misma que solo estaba aquí por la abuela Eleanor.
Esa era la historia que repetía en su cabeza.
Estoy aquí por la abuela. Estoy aquí por responsabilidad. Estoy aquí porque es lo correcto.
No porque a ella le importara.
No porque su pecho se contraía cada vez que su respiración cambiaba.
No porque no había salido de la habitación ni una sola vez desde que ingresó.
Una enfermera entró silenciosamente,