La iglesia se vació lentamente.
No porque la gente quisiera quedarse, sino porque nadie sabía cómo irse después de presenciar algo tan feo.
Los reporteros fueron expulsados. Bajaron los teléfonos. Los susurros se desvanecieron en un silencio incómodo.
Pronto, sólo quedaban unas pocas personas.
Damian estaba de pie en el altar, todavía con su traje blanco, con las manos colgando inútilmente a los costados. Su corbata estaba suelta. Sus ojos estaban vacíos. Ya no está enojado, simplemente está va