Luna intentó rodearla con los brazos mientras le acariciaba la espalda... Como una niña que se aferraba a su madre.
—Buena chica, no llores—susurró Luna—, estoy aquí, está bien...
—¡Vale! Soledad asintió y esbozó una sonrisa sincera.
—Su Alteza, ¿me protegerá?
—Sí—Luna soltó una risita.
—¿Por qué?
—Tú, tú eres mi bebé.
—Alteza, ya dije que su bebé está ahí—Soledad sonrió y señaló la almohada.
Luna se quedó de piedra, como si se hubiera dado cuenta de algo, y sonrió avergonzada. Tomó la almohada