Eran las ocho menos cuarto cuando salió del ascensor en el piso de presidencia y colocaba su identificación sobre el lector digital. Como siempre comenzó con su rutina: paseo por las oficinas, anotar la agenda semanal de su jefe, buscar documentos donde Javier, ayudar a Rebeca con asuntos pendientes que dejó encima el viernes pasado.
A las ocho y quince tomó su libreta, una carpeta, pasó por la sala de conferencias, tomó el portátil y se dirigió a la oficina del señor Gottier. Se sentó en uno