El sistema ya no nos ignoraba ni nos respondía de forma incompleta, sino que nos procesaba como una capa secundaria de información que debía ser constantemente evaluada en función de su impacto neto sobre la estabilidad global, y esa evaluación no era explícita ni visible en un solo punto del campus, sino distribuida en microajustes simultáneos que afectaban la forma en que cada interacción cercana reaccionaba a nuestra presencia, reduciendo progresivamente la amplitud de cualquier desviación g