Elegir vivir no fue un acto impulsivo ni una reacción emocional tardía, tampoco una huida disfrazada de valentía. Fue un ajuste fino, casi quirúrgico, ejecutado desde un lugar interno donde ya no necesitaba demostrar fortaleza, coherencia ni sacrificio para justificar mi existencia. No respondía al miedo ni al amor en su forma más cruda, sino a una lucidez que había llegado después de atravesar ambas cosas sin amortiguadores. Vivir dejó de ser una consecuencia y se convirtió, por primera vez, e