Desde que descubrí el vínculo entre Dante, Ethan y el expediente Sellarés, no volví a ser la misma. Y no porque me sintiera traicionada. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, tenía una ventaja.
Verona me había dado un arma. Y aunque todavía no sabía cómo usarla, ya podía sentir su peso entre las costillas.
Decidí jugar.
Pero no como víctima.
Como amenaza.
Dante se despertó tarde esa mañana.
Yo observaba desde el ventanal, con una taza de café entre las manos y la mirada fija en el horiz