El señor Robinson acercó a su hijo, se inclinó y lo cargó, sentándolo en su pierna sana.
—Señor, no debería…
—Cierra la boca —ordenó el CEO a su asistente.
—Papitooo —lloraba el pequeño Freddy, aferrándose a su padre, quien en un instante correspondió el abrazo, dándole palmaditas en la espalda.
—Estoy bien, no es nada. Me voy a recuperar, te lo prometo, ¿sí? —el niño asintió a las palabras de su padre, quien acarició su cabecita—. Así que deja de llorar. Tengo que ir a la habitación; no d