EDMOND
Ayudé a May a salir del bar y la acompañé hasta mi coche. Fue una experiencia, digamos, muy original. Abrazarla para que no se cayera y que me besara y susurrara tonterías mientras volvíamos a mi lugar de estacionamiento fue extrañamente reconfortante. Me hizo sentir cerca de ella. May no era tímida, pero conmigo se contenía. Con alcohol en el cuerpo, no tenía por qué ser reservada. Podía ver a mi esposa en medio de todo su caos. Era… hermosa. El sol se ponía y el cielo, antes vibrante,