Su grito hizo que todos guardaran silencio. Greta, olvidando su furia, se inclinó hacia su hijo. Quiso acariciar su rostro, pero las heridas y la hinchazón no dejaban espacio libre para tocar sin causarle dolor.
—Guillermo, mi amor, ¿te duele mucho? —preguntó Greta, con el corazón hecho pedazos.
Guillermo sentía un dolor insoportable en cada parte de su cuerpo. Nunca en su vida había experimentado algo así. En ese momento, solo podía sentir un inmenso pesar ante su madre. Sin necesidad de respon