Santiago se paró frente a la enorme ventana de su suite en el Gran Hotel de Coralia, mirando hacia debajo de vez en cuando.
Había visto el auto del hombre. ¡Valentina y ese maldito también estaban en el hotel!
Al imaginarse a que su gatita probablemente estaba involucrada con él en alguna habitación, le provocó cada vez más irritación.
De repente, se escucharon golpes en la puerta, seguidos por la voz de su guardaespaldas:
—Jefe, llegó… el regalo del señor Rodríguez.
Santiago frunció el ceño l