El cuerpo de Ana era un enjambre de dolor, el sueño era una posibilidad lejana. Solo podía yacer con los ojos cerrados, soportando el tormento. Aquellas dos desalmadas, la habían atacado sin razón alguna, estaba claro que no se trataba de un accidente.
Ana sabía que había mantenido un perfil bajo cuando entró, no podría haber ofendido a nadie. La única explicación era que alguien había enviado a estas mujeres a este lugar para hacerla sufrir. Luna... En la mente de Ana, su nombre fue el primero