Ana se incorporó de golpe, pero el dolor en su región íntima la hizo caer de nuevo. Al ver a Ana tan inquieta, la sirvienta se mostró resignada.
—Ana, ya te lo he dicho, estás débil. No debes moverte tanto. Te he preparado un poco de "sopa de arroz", ¿quieres probarla?
Ana estaba lejos de tener ánimo para comer. Encerrada de manera tan humillante y sin noticias de su madre, giró la cabeza.
—Llévatela, no quiero comer.
Ante la terquedad de Ana, la sirvienta no sabía qué hacer. En ese momento, la