Sorpresivamente, entró al pueblo un carro enorme de vidrios ahumados. Este se paseaba por las calles del pueblo con velocidad mínima, y todo el pueblerino que lo veía, se metía a su casa corriendo para alertar a sus demás familiares, pues no les daba ni un poco de confianza.
Pronto, una de las vecinas de Don Cheto, entró a su negocio, y no tardó en advertirle que tuviera cuidado, pues no se sabía si ese misterioso carro, llevaba ladrones adentro.
Don Cheto, quien se encontraba despachándole