240. No puede ser verdad
Nuria
El viento cortaba entre las tiendas como una cuchilla olvidada en el campo de batalla.
La guerra había terminado. Pero la paz... aún no había llegado. Quizás ni siquiera estuviera en camino.
Me senté en el borde de la cama improvisada, la mano temblorosa reposando sobre mi vientre. Tres meses. Demasiado pequeño para ser percibido. Lo suficientemente grande para recordarme, a cada segundo, que ahora yo llevaba dos vidas: la mía... y la de ella.
Kiara, el nombre que susurré en la oscuridad