234. Implosión
Diana
El llanto de mi hijo aún resonaba por los pasillos cuando me levanté de la cama.
La sangre me corría por los muslos. La cabeza me daba vueltas. La vista se me oscurecía por segundos. Pero no me detuve. Solo lo miré a él, minúsculo, frágil, dormido entre los brazos de mi padre.
Me incliné, a pesar de que mi cuerpo gritaba de dolor, y besé su frente caliente.
"No naciste de una débil. Y no serás criado como un débil. Tendrás orgullo de quien eres, así como yo lo tengo de quien soy. Naciste