127. Lucha sin fin
Nuria
La primera cosa que sentí fue el olor.
No el de la enfermería, ni el de las compresas o la sangre seca que aún flotaba en el aire.
Sino el de él.
Amaderado. Denso. Familiar. Mezclado con una nota de algo nuevo.
Algo roto.
Abrí los ojos con esfuerzo. Los párpados pesaban como si el mundo se hubiera derrumbado sobre mí. La luz era tenue, filtrada por una de las ventanas parcialmente cerradas.
El dolor vino justo después.
Fuerte. Pulsante. En el muslo.
Un recordatorio de que no fue un sueño.