La espalda de Mira golpeó el cristal frío con un suave jadeo. Ventanales de suelo a techo, a cuarenta pisos sobre la ciudad, la noche extendiéndose abajo en destellos dorados y rojos. El horizonte era hermoso, pero Elena solo tenía ojos para la chica sonrojada que temblaba ante ella: la camisa ya descartada, la falda subida por encima de las caderas, la piel desnuda y necesitada.
—Míralos —murmuró Elena, con el aliento cálido contra la oreja de Mira. Su mano se deslizó bajo la tela fina de sus