—Oh, papi —gimo, intentando que se corra—. ¿No quieres correrte en mi coño caliente? Gime en voz alta, desafiante. Hace una mueca, pero se resiste a eyacular dentro de mí.
—Te mostraré quién manda —me gruñe. Baja una mano y empieza a acariciar mi clítoris resbaladizo mientras su pene sigue clavándose en mí. Gimo en voz alta mientras el placer se intensifica.
Empiezo a jadear. Dejo caer los brazos a los costados de la cama y cierro los ojos. Su pene palpitante y sus dedos acariciadores casi me h