—¿Cuándo vuelves, amor? ―ronroneé la pregunta como una gatita en celo, casi en un gemido acuciante y dirigí la cámara del móvil a mis pechos turgentes que estaba drenando con mis manos, con mis dedos creando pinzas delicadas para que la leche brotara de los pezones achocolatados por los que mi marido estaba saboreándose.
Jadeó al otro lado y el tintineó de la hebilla del cinto cayendo en el piso me hizo apretarme la teta con fuerza, imaginando lo que estaba haciendo, pese a que la imagen en el