Estoy nerviosa.
Antonio me llamó esta mañana para decirme que no volvería hoy, que se retrasaría y que mañana, sin falta, estaría de regreso. Su voz sonaba tranquila, demasiado normal, y aun así… algo dentro de mí se agitó. No sé explicarlo, pero desde que colgué el teléfono, una presión incómoda se instaló en mi pecho, como si el aire se hubiera vuelto más denso.
No es normal–me repito– Nada de esto lo es.
Camino de un lado a otro del departamento, todavía en pijama, con las manos frías y el corazón inquieto. Intento convencerme de que exagero, de que siempre he sido así, ansiosa, sensible. Pero siento que esta vez es distinto. Esta vez la sensación no se va.
Rezo. Ruego. Le hablo a Dios como no lo hacía desde hace mucho. Le pido que Antonio esté bien, que llegue sano, que esta angustia absurda desaparezca.
Pero la presión sigue ahí, firme, implacable.
¿Qué hago?
Tomo mi celular. No hay señal. Intento de nuevo, una y otra vez, como si insistir pudiera cambiar algo. Nada. Lla