Las calles de Newburg permanecían cubiertas por un espeso manto de nieve. Desde la puerta abierta, el viento invernal se colaba sin dificultad en el interior de la casa, arrastrando consigo un aire tan frío que hacía estremecer las cortinas del recibidor.
Virginia apenas parecía notarlo.
Permanecía inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido en el instante en que reconoció el rostro del hombre que tenía frente a ella.
No había estado preparada.
Ni en sus peores ni en sus mejores fantasías ima