El dúplex estaba en silencio.
No un silencio vacío, sino uno cargado, tenso, como si las paredes mismas estuvieran atentas a cada respiración de Leyla. Desde el sofá donde se había sentado —no porque se lo hubieran pedido, sino porque necesitaba algo sólido bajo su cuerpo— observaba el espacio con ojos entrenados para detectar jaulas disfrazadas de refugios.
Ventanas amplias. Demasiado amplias.
Cristal reforzado, lo notó por el grosor.
Puertas sin cerraduras visibles. Control centralizado.
Ter