Leyla soltó una carcajada corta, sin humor, mientras giraba el rostro para mirar hacia abajo. El vértigo la golpeó de inmediato. El estómago se le encogió y tuvo que tragar saliva para no vomitar.
—¡Jódete! —gritó, sin apartar la vista del vacío.
Sus manos temblaban, pero no retrocedió.
—Esa boca… —Aron gruñó, dando otro paso, la tensión visible en cada músculo de su cuerpo—. Cuando te ponga las manos encima…
—¡No me gruñas! —le gritó ella, girándose de golpe y señalándolo con un dedo acusador—.