—¿Qué? —dijo al fin, sin subir la voz, con un tono seco.
—Lo escuché, Dylan —agregué— No sé quiénes eran, y tampoco quiero saberlo, pero escuché cuando una de ellas dijo…
Me detuve y negué con la cabeza.
—No, más bien, presumió —corregí— Que una mosquita muerta como yo no le ganaría, y que Dylan Coleman sería suyo —recité con exactitud las palabras de esa mujer.
Su rostro cambió a uno de confusión mientras yo hablaba, y ahora su expresión era la de alguien que intentaba armar un rompecabezas a