PUNTO DE VISTA DE KIRA
El mar era un tipo diferente de salvaje.
Mi salvaje era el bosque—enredado, arraigado, lleno de peligros conocidos y caminos claros. El mar era una vasta y ondulante vacuidad que se movía bajo los pies. No tenía más aroma que sal y descomposición. Su voz era un constante y quejumbroso suspiro que solo hablaba de su propio poder inmenso e indiferente. Me paré en la barandilla de popa del Bruma Marina, con los nudillos blancos sobre la madera pulida, y lo odié.
Sin embargo, mientras las agujas grises de la Ciudadela se encogían hasta ser una mancha en el horizonte y luego desaparecían, sucedió algo extraño. La tensión constante y de bajo grado de los últimos meses—la vigilancia, el sopesar cada palabra, la sensación de ser un blanco en una jaula dorada—comenzó a disiparse. No había política en esta extensión de agua. No había pasajes secretos. No había derechos de sangre. Solo había el viento, las gaviotas que lloraban, el golpe de las olas contra el casco y el ci