Fiorina no sabía cuánto tiempo había pasado.
No sabía si era de día o de noche, porque aunque había una luz suave filtrándose por las cortinas blancas, todo en esa habitación se sentía igual: limpio, frío, demasiado quieto.
No sabía si estaba sola.
Escuchaba sonidos, sí… pero no eran sonidos de personas cerca, eran sonidos mecánicos, constantes, repetidos de la maquinaria de hospital.
Bip… Bip… Bip…
Ese pitido le taladraba la cabeza con suavidad, pero igual le recordaba que algo en su cuerpo había fallado, que algo había estado mal… muy mal.
Porque al abrir los ojos, lo primero que sintió no fue solo dolor en la sien, fue confusión. Una confusión pegajosa, pesada, como si su mente estuviera envuelta en algodón y cada pensamiento tuviera que abrirse paso con fuerza.
Y entonces… el otro recuerdo.
El sueño.
Ese jardín.
Ese verano.
Ese sol cálido pegándole en la piel como una caricia, ese aroma a flores, a rosales, a fruta fresca, a pasto recién cortado.
Todo estaba tan lle