185. UN ANCIANITO MÁGICO
TRINITY
—Uf —llegué respirando pesado a la orilla, mis pulmones ardían y mis ojos dolían por abrirlos bajo el agua tan fría, apenas unos segundos.
El cuerpo entero se sentía como si me hubiesen dado una paliza y tiritando por todos lados.
—¡Mamá, pensé que te había pasado algo! —tuve enseguida los brazos de mi hija, rodeándome el cuello y llorando a moco tendido.
Esta aventura había resultado demasiado peligrosa.
—Ya, ya, estoy bien, nena, estoy bien. ¿Ves por qué no te podías meter al lago? —l