115. YA NO SÉ A QUIEN CULPAR
LOGAN
La puerta de mi oficina se abrió como si entrara un vendaval.
Desde que vi el rostro encolerizado de Nathan, supe que problemas se avecinaban.
—¿Qué suce…? ¡Aaggrr! —ni siquiera me dejó terminar y se abalanzó sobre mí como una bestia, dándome un fuerte puñetazo que casi vuelca la silla.
—¡Señor!
—¡No te metas, Arthur! —le rujo a mi mano derecha, saboreando la sangre en mi boca, sintiendo los tirones en mi camisa.
El labio pulsa con dolor y la mejilla se está hinchando.
—¡Que sí se me