En otra habitación, rodeado de máquinas que iban y venían con birrete de ruido, Liam flotaba en un mar quieto. El mundo de los sueños para él no era un lugar de fantasía, sino un archivo donde todos los momentos que importaban se reorganizaban en secuencias que intentaban hacer sentido. Había, como siempre, sombras: voces que se colaban por la rendija de su conciencia y lo llamaban. Pero había también una serie de imágenes cálidas que tardaban más en difuminarse.
En ese universo interior, Lia