Carlos parpadea, aturdido. –¿Nuestro… hijo? –repite con incredulidad, como si la palabra le supiera extraña en la boca. Su mirada se clava en la de Úrsula, buscando una confirmación, una explicación, cualquier indicio de que ha escuchado mal.
Ella baja la cabeza, dejando que un par de lágrimas escapen de sus ojos. No demasiadas, solo las justas para tocar la fibra sensible de Carlos. –No sé cómo pasó –susurra, con una mezcla perfecta de confusión y pesar. –Te prometí que me cuidaría… lo hice