–¡Amara, espera! –le grita Sophie, tropezando con una silla en el camino, pero sin detenerse.
Llegan a la oficina. Amara entra y cierra la puerta con fuerza. No la tranca, pero el golpe basta para dejar claro que nadie debe interrumpir. Apenas dentro, se desploma emocionalmente. Camina de un lado a otro, presa del pánico, del dolor, de la impotencia. Lágrimas calientes caen sin control por sus mejillas, arruinando el maquillaje que aún quedaba intacto.
–¡¿Qué fue eso?! –pregunta Sophie, agita