Becker solloza. –No puedo… –murmura entre dientes. – No puedo traicionarlos… tú no entiendes con quién te estás metiendo…
Carlota chasquea la lengua y vuelve a levantar el fierro. Esta vez, ni siquiera pregunta. –Entonces tendrás que entender tú, a golpes, con quién te estás metiendo tú.
–¡Basta, Carlota, por favor! –suplica Becker con la voz quebrada, las lágrimas nublándole la vista mientras forcejea contra las correas que lo mantienen atado a la silla. Su respiración es entrecortada, casi