Ya que, al igual que él, no estaba dispuesta a dejar que nadie se metiera en medio. Ya tampoco serían las mismas. Se reía, puesto que una vez casados no había vuelta atrás. Ares no podía observar ni tocar a otra mujer que no fuera ella, y de eso se aseguraría cada segundo de su jodida vida.
Era simple: si Ares quería jugar, jugarían los dos.
Con esa decisión llegó a la puerta del hospital. La primera impresión de todos al verla fue de asombro; no había nadie en el lugar que quisiera quitarle lo