La cara de Ares era de puro terror. Nunca en su vida lo habían sorprendido en una situación similar, ya que estaba soltero desde hacía mucho tiempo. Su mirada estaba fija en su esposa, como si no pudiera creer lo que veía. Esa no era la mujer que había dejado esa mañana al salir del juzgado.
¿Qué había pasado con su esposa? ¿La habían raptado y enviado a una mujer diferente? Porque la que tenía enfrente no podía ignorarse: era una que robaba la cordura con solo observarla.
Ella se dirigió hacia