Habiendo sentido el dolor más grande al mismo tiempo que la desesperanza, Alejandro veía todo en la mujer que estaba de pie ahí frente a él. En medio de la tormenta era ella quien se convertía en su rayo de sol.
Y mientras Salomé le sonreía y dejaba que Alejandro tocara sus manos como si se tratara de su milagro, Salomé no pudo evitar pensar en la manera en la que debió de haberse visto Max en su momento. Cuando más daño Alejandro le hizo a su propio hermano.
—No te vayas, Salomé,