CAPÍTULO 60. MI DULCINEA
Mateo, sonreía al escuchar los gritos de reclamos de parte de su mujer, para que la bajara de sus brazos.
—¡Que me bajes Mateo! —Gritó Adriana— ¡Por favor, que me bajes! —repitió ella, enojada.
—¡No, mi amor! ¡Te vas conmigo! —explicó él, en el mismo momento que la introdujo en la camioneta y la sentó entre sus piernas.
—¡Dios mío, Mateo! ¡Ya basta! Hasta cuando voy a tener que soportar tu presencia —protestó ella con manifiesta rabia, pero sin poder moverse entre sus piernas.
—¡Para siempre, m