«¡SOMOS SUS CHUPAPOLLAS, PROFESOR!»
Todavía recuerdo el momento exacto en que el poder cambió de bando: el segundo en que la sonrisa arrogante de Tyler se quebró y soltó esas palabras más fuerte que los demás, casi atragantándose.
—¡Somos sus putos chupapollas, profesor!
Oírlo de mi propia boca habría sido dulce. ¿Pero oírlo arrancado de la suya en un jadeo roto y desesperado? Eso fue jodida poesía.
Me quedé allí, en mi despacho, con la puerta cerrada con llave y el campus en absoluto silencio