El área de descanso estaba desierta, pero la adrenalina ante la posibilidad de que nos descubrieran lo intensificaba todo. Le mordí los pezones con más fuerza, alternando entre uno y otro, rozando con los dientes lo justo para hacerlo sisear. Un mordisco seco le arrancó un gemido profundo; entonces me dejé caer de rodillas, besando el relieve de sus abdominales mientras enganchaba mis dedos en la pretina de sus shorts. Él se los bajó junto con los calzoncillos en un movimiento impaciente, liber